Problemáticas Actuales para la construcción de la Escatología Católica Posmoderna

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“Tu, hijo, fortalécete con la gracia que tendrás en Cristo Jesús. Lo que aprendiste de mí, confirmado por numerosos testigos, confíalo a hombres que merezcan confianza, capaces de instruir después a otros. Soporta los sufrimientos como un buen soldado de Cristo Jesús.” (2 Tm 2, 1 - 3)

Ante a exposición anterior sin duda debe de llamarle la atención la aparente pasividad con la que a lo largo de los siglos se ha dado a estos conocimientos. De la misma manera también debe de surgir la inquietud acerca de lo que pueden significar y especialmente las acciones que se pueden realizar ante los que definitivamente son hechos y conocimientos trascendentales. La respuesta a estas inquietudes no puede ser hecha sin analizar las problemáticas que enfrenta la Escatología no solamente para poder ser construida en nuestra época, sino poder actuar en consecuencia a sus enseñanzas.

“El cometido fundamental de la Iglesia en todas las épocas y particularmente en la nuestra [...] es dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo” (RM4)

La razón fundamental por la cual el contenido de la Escatología no ha influido de manera preponderante (aunque no por ello se quiera implicar que carezca de influencia ni mucho menos) es que no pertenece al mensaje central del cristianismo que es la Salvación de la Humanidad por y a través del amor de que viene de Cristo. Ya que es Jesucristo y Dios mismo quienes se encuentran en el centro de la Doctrina Cristiana, todo elemento que no pertenece a ellos es accesorio y superfluo en comparación con el mensaje kerigmático. La enseñanza bíblica no podría ser más clara al respecto (Gal 1, 6 – 10, Hb 10, 19 -22):

“Tengan por regla suprema a Cristo Jesús, el Señor, tal como les enseñó. Permanezcan arraigados y edificados en él, apoyados en la fe tal como fueron instruidos, y siempre dando gracias. Cuídense de que nadie los engañe con teorías filosóficas o cualquier otro discurso hueco, que no son más que doctrinas humanas y no se inspiran en Cristo, sino en luces de este mundo. Pues en él permanece toda la plenitud de Dios en forma corporal. Él es la cabeza de todos los poderes y autoridades sobrenaturales y en él ustedes están colmados.” (Col 2, 6 - 10)

La Tradición de la Iglesia es clara de la misma manera, y San Juan de la Cruz nos lo expone:

“Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra [...]; porque lo que hablaba en partes a los profetas ya lo ha hablado todo en Él, dándolo al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiere preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino un agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer cosa otra alguna o novedad.” (San Juan de la Cruz, 1929)

Un segundo motivo, no tan fundamental pero que plantea una problemática directa de nuestro tiempo, es la falta de un conjunto único y organizado de las principales fuentes de la Tradición Cristiana Católica. En dos mil años de Historia de la Iglesia jamás se han reunido los textos fundamentales en un compendio único y coherente de fácil acceso para todos los creyentes, con lo cual el conocimiento de la Religión Católica básica, para no hablar ya de la Escatología, es casi nula para la inmensa mayoría, a quienes se les ha negado por diversas circunstancias históricas la posibilidad de acceder o siquiera esbozar la enorme riqueza de su religión, tanto aquello que nos fue legado por Cristo como por la tradición judía y la herencia de los santos que abarca una tradición ininterrumpida por más de cinco mil años, de la cual ni siquiera se tiene conocimiento. Lo que agrava aun más las cosas es que la inmensa mayoría de esa tradición no ha sido traducida de los idiomas originales en que fueron escritas, por lo que la mayor parte del conocimiento teológico sigue escrito en el hebreo, latín y griego original que ya no hablan los creyentes y que pone en riesgo el conocimiento. La situación se agrava aun más en el terreno de la Escatología, donde las referencias jamás se han encontrado siquiera en un esbozo organizado de documentos. Los primeros intentos por alcanzar esa unidad de los documentos, dentro del ámbito de la Teología pero definitivamente lejos de la Escatología, son el Enchyridion Symbolorum definitium et declarationum de rebus fidei et morum de Enrique Denzinger para la Teología, el Patrística Cursus Completus de Jean Baptiste Migne (que por cierto jamás ha sido traducido del latín y griego originales) para los escritos de los Santos Padres y el Trabajo Teológico, y el Catecismo de la Iglesia Católica para los contenidos fundamentales relativos a la Catequesis (coordinados por Joseph Ratzinger). Esos documentos son meros esbozos de la Tradición, de la cual la mayor parte se encuentra dispersa por el mundo. En este sentido la Escatología es una de las disciplinas más afectadas ya que no cuenta con elementos para poder realizar su labor de una manera correcta y sistemática, ya que debe de dedicar el especialista gran parte de su tiempo en reunir fuentes dispersas que a veces no le permite discriminar entre la información relevante de la que no lo es. Un tercer problema radica en el papel que ha jugado la jerarquía eclesiástica para organizar la Escatología en un conjunto orgánico, debido a que a veces por ignorancia, por mantener la armonía en la comunidad o por incomprensión no han hecho el exhorto suficiente acerca de éstos temas. Aunque es cierto que la función primordial de la jerarquía es precisamente ser guardianes y guías del mensaje de Cristo, por lo cual el papel de la Escatología pasa a un terreno secundario. Sin embargo, esta visión comienza a entrar en crisis ante el interés por estos temas y la difícil situación que enfrenta la Iglesia de nuestro tiempo, con lo cual el resurgimiento del conocimiento Escatológico se vuelve una preocupación de la comunidad de nuestro tiempo y la necesidad de una guía adecuada por parte de la jerarquía eclesiástica se hace especialmente necesaria. ¿Cuál debe de ser el papel del fiel laico ante acontecimientos que redefinirán su forma de concebir su religión? No existe una única respuesta, pero definitivamente es seguro que los creyentes en el futuro tendrán que definir perfectamente cómo será su relación con Dios ante una eventual interrupción de la repartición generalizada de la Economía de la Salvación. ¿Ello significa el fin de la fe?

“¿Pero, cuando venga el Hijo del Hombre, hallará fe en la tierra?” (Lc 17, 8)

La duda de Jesucristo sin lugar a duda puede hablarnos acerca de la terrible prueba a la que se enfrentarán los creyentes en esos tiempos: la falta de una guía institucional, una sociedad que sistemática lo irá rechazando desde formas pasivas hasta el probable exterminio, las dudas naturales que sufre el proceso del propio creyente y la pérdida muy probable de las fuentes originales de la Revelación y por tanto una certeza histórica de las verdades contenidas en ella. La prueba que le espera a los creyentes en los próximos años en definitiva no será fácil, y el conocimiento puntual y suficiente del desarrollo de los eventos puede ser una herramienta eficaz en tiempos donde la confusión será generalizada y el futuro incierto. Sin embargo, debido a todo lo antes expuesto, no queda la menor duda de que mientras existan los creyentes que aun a pesar de todo estén dispuestos a seguir creyendo y esperando el amor de Dios no se apartará del mundo.

Bibliografía:

RM: Juan Pablo II (1990) [Electrónico] Carta Encíclica Redemptoris Missio. [www.vatican.va] Vaticano: Librería Editrice Vaticana [Recuperado el 31 de enero del 2007 del WWW] - http://www.vatican.va/edocs/ESL0040/_INDEX.HTM

Juan de la Cruz, San (1929) Subida al Monte Carmelo. Burgos: Biblioteca Mística Carmelitana

Ver también: Escatología católica