Los consuelos: 37

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= XXXVII =


Layda


Al señor General D. T. G.


Fue como ninguna bella,
y fue infeliz como todas.
Calderón


Where art thou, son of my love? The roar of the blast is around me. Dark is the cloudy night.
Ossian


¿Dónde, hijo de mi amor, do estáis ahora? El rugido del viento me circunda, y la nublosa noche está sombría.





- I -

Como cedro a las nubes sublimado,
por huracán violento quebrantado,
yace, despojo del destino impío,
de mi arrogante juventud el brío:
cual astro pasajero yo he brillado
para extinguirme en mi temprana aurora.
Ya el soberano canto no me inspira
la musa celestial y encantadora,
y mi enlutada lira
con moribunda voz triste suspira.
La harpa lúgubre sólo me ha quedado,
y al son de sus acentos funerales
quiero en mi soledad cantar mis males.
Mas ¿qué imagen se ofrece hoy a mi mente?
¿Qué nueva llama siente
mi genio amortiguado ¡ardor sublime!
y sale de repente
del oscuro letargo que le oprime?
Hierve mi pecho, como la onda airada
por el viento frenético azotada,
y en mi espíritu ardiente
rebosa el canto de infortunio y gloria.
Tú eres, Layda infelice; tu memoria
mi corazón conmueve casi yerto,
y en mis ojos las lágrimas retiemblan,
como en la mustia yerba del desierto
el matinal rocío,
al pensar en tu angélica hermosura,
en tu funesto amor y desventura.




- II -

Reina en torno el silencio de la muerte.
Absorta en su dolor, y reclinada
en sus brazos de nieve, semejante
al ángel del sepulcro, yace inmoble;
triste, como la Luna nebulosa,
blanca, como azucena amortiguada,
sobre el húmedo rastro de una huesa
su hermosa faz se fija; -allí está su hijo,
el fruto del amor allí reposa
en sueño sempiterno; ya no hay llanto
en los ojos de Layda-; lo agotaron
la angustia y el pesar, sólo quebranto
a su afligido corazón dejaron.
«¡Cielo inhumano! en su despecho -dijo-,
tus fatales decretos se cumplieron;
ya cual humo fugaz se deshicieron
mis esperanzas todas en un día;
gózate en la obra impía.
¿De tu cólera injusta, y con mi muerte
decreta el fin de mi ominosa suerte?
¿Qué me vale la vida que me diste?
¿De qué la gloria y el deleite puro
del tierno amor que consagré a un perjuro?
¿De qué mi juventud, si ni vestigios
de mi dicha han quedado sólo existe
aquí en mi corazón, la cruel memoria
del bien perdido y la pasada gloria?
Mas yo deliro, en mi dolor insano:
Perdona, cielo justo; mira humano
el trance en que me veo;
amor fue mi enemigo, amor tirano,
blanco infeliz de su tremenda saña,
hizo mi triste pecho ¡a quién no engaña
su seductor halago! Él revistiera
de irresistible encanto al fementido
que mi alma idolatró con fe sincera;
él a amar me enseñó, y abandonada
ora me deja a la inclemencia fiera
de la pasión fatal que me devora.
¿Y aquesta recompensa ha merecido
mi extremado cariño? El mercenario
al fin de la tarea su salario
recibe y va contento; el que labora
con su sudor la tierra, aunque deshecho
vea por lluvia larga su trabajo,
vive con la esperanza satisfecho;
y yo infelice, de mi amor en pago,
de tanto amor, tan sólo he recogido
un fruto que murió... Tú que el reposo
gozas eterno, do no alcanza el llanto,
tierna flor en su oriente marchitada,
recibe de tu madre infortunada,
el postrimer adiós, hijo querido».




- III -

«Cubrid con verdoso helecho,
fresca rosa y mutiflor,
cubrid el plácido lecho
donde reposa mi amor.


Tú estás dormido
en suave lecho,
mientras mi pecho
sufre de amor,
hijo querido
tú vas al cielo,
mientras yo velo
con el dolor.


Mientras tu madre
vive penando,
tú estás gozando
gloria eternal;
y por tu padre
mientras yo lloro,
y al cielo imploro,
tú ves mi mal.


De la inocencia
he aquí el asilo;
pasa tranquilo
tú viajador:
no tu clemencia,
tu ruego ahora
la tumba implora
de un pecador.


Yace aquí el fruto
de la ternura,
la llama pura,
de amor le dio,
pagó el tributo,
y de mis brazos
a los regazos
de Dios voló.


Del alba al riego,
así la rosa
nace pomposa,
exhala olor;
mas sale luego
el sol ardiente,
y de su frente
muere el frescor».





- IV -

Dónde irá Layda, adónde
llevará su dolor y desconsuelo;
nadie se apiada de su triste duelo;
nadie en la tierra a su clamor responde.
Do quiera vuelve sus inquietos ojos
halla sólo los míseros despojos,
que le dejó el amor; do quier vestigios
de glorias y ventura que pasaron,
do quier caros objetos que le dicen,
con voces penetrantes, de amargura:
«Aquí fuiste feliz, aquí gozaste,
en brazos del amor y la ternura,
deliciosos momentos que volaron,
y para ti por siempre se acabaron».




- V -

Ya el astro de la noche derramaba,
sereno y melancólico su lumbre,
sobre la triste tierra, y muchedumbre
de fúlgidos diamantes esparcidos
en su diáfano velo rutilaba.
La noche era apacible, y los alientos
de los tranquilos vientos,
suavemente lamían
las corrientes del Plata que dormían;
mientras, tendido al aire el ancho lino,
un bajel se alejaba
arando suave el líquido Argentino.
Sentada Layda en la soberbia popa,
sola con su dolor, al desvarío
de su afligida mente se entregaba,
y su vista espaciaba
por el cristal sereno del gran río,
do gozosa la Luna se miraba,
y en piélago de luz lo transformaba.
Su cabellera airosa,
de color de azabache, ondeaba al viento,
y sus ojos hermosos,
cual astros macilentos y radiosos
en la cándida frente de la noche,
sobre su tez nevada relucían;
en tanto que la oscura
sombra de la tristeza
los divinos encantos y pureza
velaba de su angélica hermosura.
Los tristes y sombríos pensamientos
se agolpaban veloces a su mente,
como las negras nubes en la esfera,
en tempestuosa noche, lastimera,
azotadas del ábrego inclemente.
Un trueno retumbó, y Layda entonces,
con voz que enterneciera aún a los bronces
exclamó en su aflicción; mientras volaba,
separando el corriente cristalino,
en las alas del viento el frágil pino.




- VI -

«Mi alma fenece con el grave peso
del infortunio, y en la tierra no halla
mi corazón, para aliviar su herida,
bálsamo dulce.


Crudo el destino deshojó en un día
las flores todas de mi vida ufanas;
diolas al viento, y me dejó desnuda
de toda gloria.


Do quiera miran mis cansados ojos
duelo tan solo y confusión encuentran,
y nada, nada, que a mis ansias pueda,
darles consuelo.


Lágrimas tristes de dolor ardientes,
estéril llanto sin cesar derraman;
buscan en vano, y ni aún la luz divisan
de la esperanza.


Árido yermo para mí es la tierra:
el tierno fruto de mi amor funesto
yace en la tumba, y el que reina en mi alma
mis ansias no oye.


Y el diáfano horizonte se cubría
de capuz tenebroso; centellaba
flamígero el relámpago en su seno,
y sordísono el trueno retumbaba.


¡Oh si me oyera! ¡Como de su amante
enjugaría el ominoso llanto!
¡Como en su pecho palpitante, tierno
me estrecharía!


¡Como al mirarme, en mi tormento fiero,
tal vez lloroso, arrepentido acaso,
«Te amo cual nunca, me diría, hermosa
Reina de mi alma!»


«Ven, dulce dueño, fugitivo ingrato:
yo te perdono; vuelve y con tu vista,
la infausta noche que circunda a mi alma,
grato disipa.


Vuelve a mis brazos; con tu dulce halago
se irán, cual humo, las angustias mías;
y amor delicias nos dará en su copa,
cual otro tiempo».


¡Vano delirio! Mis cansadas voces
se lleva el viento; a los suspiros míos
nadie responde, más que el ronco acento
de la onda airada.


Y el diáfano horizonte se cubría
de capuz tenebroso; centellaba
flamígero el relámpago en su seno,
y sordísono el trueno retumbaba.


Ya el trueno infausto, en las lejanas nubes,
con voz horrenda mi dolor proclama;
y el cielo, envuelto en denegrido manto,
mi duelo anuncia.


Ya el astro hermoso de la noche oculta
su mustia frente entre tinieblas densas,
y el universo se conjura a un tiempo
contra mí triste.


¿Qué esperas Layda en tu desdicha acerba?
¿A qué demandas? ¿Repitiendo no oyes
lúgubres voces por el aire, vagas?
«Muerte, sepulcro».


Fieros ministros de la tumba os oigo;
ya voy do quiere mi funesta suerte:
auras veloces mi postrer suspiro
gratas llevadle.


Decidle el llanto que mis ojos vierten,
las crueles ansias que mi pecho sufre;
pedidle sólo para Layda alguna
lágrima tierna.




- VII -

Cesó Layda sus míseras querellas:
y el trueno retumbaba, y tumultuosas
las olas azotaban poderosas
los flancos de la nave, que impelía
con ímpetu veloz airado el viento.
La tempestad sonora en un momento
se enseñoreó del mundo; las estrellas
y la Luna y el cielo recatando
fueron su opaca luz, y a fuer de montes
lanzaban los sombríos horizontes
escuadrones de nubes, que rodando
con horrísono estruendo por la esfera,
hacían retemblar en su hondo asiento,
el sólido terráqueo pavimento.
Se encapotó el cenit, con ceño torvo
miró el cielo iracundo
al angustiado mundo;
el trueno retumbando
se acercó más y más, y rebramando,
sus resonantes alas sacudieron
frenéticos los vientos, y azotaron
las corrientes del Plata que se hincharon.
Todo fue horror entonces; levantaba
el río soberano embravecido
su aterrador bramido,
y al sonoro rugido de los vientos,
de los truenos y rayos lo mezclaba
con el ímpetu ciego de un torrente,
de su hidrópico seno vomitando
sobre las ondas, ondas, que espumeando,
el límite asaltaban prepotente,
bramaban, se agitaban, resurtían
y con nueva pujanza lo embestían.
Los eléctricos fluidos se chocaban,
ardía cual hoguera, el firmamento,
y con más rapidez que el pensamiento,
los rayos y los truenos se seguían,
y rugiendo estallaban,
y en la tierra, en el aire o en las aguas
su abrasadora llama sepultaban.
En vano fiaron las soberbias naves,
que poblaban los senos del gran río
en sus áncoras férreas; la tormenta,
con impetuoso brío,
las levantó en sus hombros, y bramando
dio con su presunción en los escollos,
o las sorbió por siempre, derramando,
para triste espectáculo a los ojos,
por la playa arenosa y extendida
de su tremenda seña los despojos...




- VIII -

Nuncia de la mañana, astro del día,
alma del universo y alegría;
y tú Luna apacible, compañera
de las almas sensibles y amorosas;
ya no veréis del Plata en la rivera
resplandecer de Layda la hermosura.
Llorad ninfas del Plata generosas
lágrimas de dolor y de ternura;
se marchitó la flor más bella y pura
de vuestro sacro río; el débil pino,
que llevaba a otro suelo su destino,
despojo fue de las airadas ondas;
diole el gran río en sus entrañas hondas
digno sepulcro, y con ligero vuelo
se sublimó su espíritu divino,
desdeñando la tierra, al alto cielo
murió como la rosa de los campos,
privada del balsámico rocío,
y que deshoja el soplo del estío,
cuando su pompa a desplegar empieza.
Se agostó, cual se agosta la esperanza,
el deleite, el amor, y la ventura.
Así también, a la inclemencia dura
de la suerte enemiga, amortiguada
siento mi juventud; pronto el viajero
contemplará, con ojo indiferente
mi losa funeral, y sepultada,
por la mano del tiempo en el olvido,
Layda infelice, quedará la gloria
del Bardo que consagra hoy afligido,
este fúnebre canto a tu memoria.



Los consuelos de Esteban Echeverría

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