El samurai

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El Samurái

Hace muchos años, me sucedió algo muy extraño. Pero, antes de entrar en el relato del extraño suceso, quiero meditar sobre algunas cosas. Siempre pensé que yo podía hacer lo que deseaba, hasta que comprendí que los motivos opuestos a lo que deseaba, y que llevaba desde siempre en mi mente, egoísta y soberbia, tenían demasiado poder sobre mí, tanto, como para no permitirme hacer lo que conscientemente deseaba y correspondía. Por otro lado, si hubiese tenido un carácter distinto, al extremo de que fuese casi un santo, podría haberlo deseado y haberlo hecho. Pero, yo era y lo soy, un hombre vulgar, que de algún modo, solo intenta aprender. De tal modo, tuve que lidiar, como muchos hombres, sobre el poder de los motivos opuestos, que me encadenaban a no realizar a hacer lo que correspondía; Esperar que alguien haga algo a lo que absolutamente ningún interés lo impulsa... Es lo mismo que esperar que un trozo de madera se mueva hacia mí sin ser tirado por una cuerda... Así, una bola en una mesa de billar no se puede mover antes de recibir un impacto, tampoco puede un hombre levantarse de su silla antes de ser empujado o impulsado por un motivo. Y para mí, luego de la experiencia que intento contar, el pararse y sobreponerse fue tan necesario e inevitable como el rodar de la bola después del golpe. Y el inicio, aún sin ser consiente, como digo, fue hace mucho tiempo, y es un camino que ha perdurado y madurado muy lentamente en mí, tras enormes dolores morales por mis errores, y que afectaron terriblemente a lo que más amaba. La responsable, en forma indirecta, de que yo, comenzara a comprender, fue mi hija, una joven de espíritu especial, que en forma imprevista, un día me comentó que deseaba experimentar una sesión con un chamán en la ceremonia de ayahuasca en el contexto de su íntima convicción, que esto era una oportunidad de acceder a un conocimiento más allá de los aprendizajes convencionales.


Esto, en un comienzo, me trajo una gran inquietud. Por algún tiempo, me debatí internamente, en la posibilidad de acceder a su pedido, no coaccionarla a evitar nuevas experiencias, pero por otro lado, mi temor de que algo malo le sucediera, asociado a la idea de sectas y drogas alucinógenas, me llenaba de terror. Finalmente, prevaleció el permiso, que con ciertas condiciones, como llevarla y traerla del lugar de la reunión, que fue consensuado entre ambos. Esa noche, jamás lo olvidaré, cuando finalmente salió del encuentro con el Chamán, se sentó en nuestro auto y me dijo, en sus primeras palabras, “Estuve en el País de los Muertos” Comprendí, intuitivamente, que el alucinógeno había tenido en ella sus efectos. Con los días, no volvió a hablar de su experiencia. Su silencio era proporcional a mi inquietud por conocer más sobre ese extraño evento. Finalmente, el único camino que encontré fue hablar con ella y hacer mi pedido. Le dije, que yo también deseaba vivir esa experiencia. Escondía esto, dos motivos. Primero, saber de qué se trataba, segundo, la eventual gravedad que una perturbación con un alucinógeno podía afectar el comportamiento de una mente aún joven y si esto merecería mayor cuidado, aun cuando su comportamiento, siguió siendo totalmente normal. Accedió de buen grado, prometiendo me que una vez conociera una futura reunión, con el regreso del Chamán a mi Ciudad, me avisaría para poder experimentar en mi persona, lo que antes, había sucedido en ella. Pasó el tiempo, y un día pasó. Me aviso, que en un par de semanas, se repetiría la ceremonia con el Chamán, me dio la dirección del lugar, la fecha y hora, y me dispuse a esperar, con ansiedad, tener la experiencia mística.




Esa noche, cuando llegué al lugar de la reunión, me sorprendí de ver gente muy parecida a mí. No había excéntricos, ni personajes new age, ni nadie particularmente que llamase especialmente mi atención. Los participantes se habían sentado en el suelo formando un semicírculo, y como ya no había más lugar, me dispuse en un pasillo, con mi cara frente a la pared, sobre un cojín suave, de modo que mi visión frontal era sobre una pared ciega, y a cada lado, el pasillo terminaba en una sala hacia la izquierda, y a la derecha, en otra pared a cuyos ambos lados había una puerta a cada cuarto. Mientras el curandero mestizo iba soplando humo de un cigarro de mapacho, sahumando con el humo de palo santo y distribuyendo agua de Florida a los presentes y a su alrededor para ahuyentar las «energías negativas», en el centro del semicírculo el curandero dispuso la ayahuasca en un frasco de vidrio y los materiales necesarios para la ceremonia, que incluía pequeños vasos de metal, similares a los porta dados, pero más pequeños, una pluma grande de ave, que continuamente abanicaba, mientras comenzaba a entonar una canción como letanía, cual una oración intercesora a alguna divinidad o Dios, que luego supe que los cantos, eran llamados «ícaros». En un momento dado, sentí tras de mi la presencia del guía, que soplaba sobre mi cabeza el humo del cigarro, abanicándome con su pluma, sin dejar nunca su canto. Me alcanzó entonces, un pequeño vaso, que creo era de plata o alpaca, lleno con un líquido color ámbar, la Ayahuasca, la bebida ritual preparada por los indígenas y que debía consumir. Mientras lo hacía, murmuró en mi oído “esta es la soga de los muertos, que permite que tu espíritu salga de tu cuerpo sin que este muera, es la liana de la planta madre, bebida de la sabiduría que te permitirá ir y regresar a otros mundos, tu reto, será entender el significado real de las visiones producidas por el ayahuasca y utilizar ese aprendizaje en tu vida diaria” Entre 20 y 45 minutos después de la ingesta de la bebida, la gente que me rodeaba comenzaba a notar sus efectos, conocidos como «mareación de ayahuasca». Algunos sufrían vómitos, diarreas, sudoraciones u otros efectos. Yo, nada.


Se acercó nuevamente el Chamán, y viendo mi cara de decepción, preguntó que había visto o sentido. “Nada, respondí lacónicamente”. Regresó al momento con un nuevo vasillo de alpaca y me dijo “bebe”. Así lo hice y luego, me mantuve por un tiempo indeterminado con mi vista hacia la pared. Fue entonces que por algún motivo, como cuando uno percibe que alguien lo está observando desde atrás, aun cuando no lo ve, “sentí” que debía girar mi cabeza hacia la derecha, al fondo del pasillo. Cuando lo hice lo vi. Y aunque en ese momento no supe, ni remotamente que estaba viendo, con el tiempo, lo supe. Era un guerrero Samurái, su presencia, vívida en extremo, irradiaba un color brillante y refulgente. Llevaba una máscara (luego supe se llamaba kabuto), con dos cuernos sobre ella y que eran elementos de suma importancia en la armadura japonesa, utilizaba unos calcetines (tabi) de color blanco y unas sandalias de tiras, unas espinilleras, para protecciones en los muslos, además de unos guantes y mangas de tablillas de metal articulado para proteger brazos y manos de un vivo color rojo-naranja. Un cinturón exterior negro mantenía todo el conjunto de ropa y armadura unido y usaba un tipo de máscaras para proteger su rostro, sujetaba en su cintura, dos espadas que también, luego supe, era la katana, «el alma del samurái», que solían ser forjadas por un célebre maestro y el wakizashi, más pequeña. Con real terror, volví mi rostro a la pared, no deseaba vivir una alucinación tan vívida. Mantuve mi respiración, agitada, por algunos segundos. Luego reinicie una inspiración profunda y sostenida, antes de intentar volver la vista hacia la súbita y aterrorizante visión. Sabía que al hacerlo, ya nada vería. Pero allí estaba. Con hipnótica persistencia, miré cada detalle de la imponente imagen. Permanecía inmóvil, sus piernas ligeramente separadas, una, levemente adelantada, sus mano derecha sobre la Menuki (empuñadura) de la katana, con bellas aplicaciones metálicas ornamentales en los laterales y la izquierda aferrando la tsuba donde comienza la saya o vaina. .


Durante un tiempo que no pude juzgar, pues mis emociones y la vista de esta fantástica visión, me sustrajo de la ordinaria temporalidad, observé extasiado, la imagen del guerrero. Luego, volví mi rostro y mi visión hacia la pared que enfrentaba, y respirando profundamente, nuevamente mi mente se puso en marcha, detenida por el fantástico momento en una intemporalidad difícil de explicar. Giré mi cabeza nuevamente, pero en el lugar, solo había una descascarada pared. El guerrero había desaparecido. Sobrevino luego un profundo malestar, náuseas y mareos, que me obligaron a incorporarme y retirarme al patio, donde una visión surrealista se presentaba a mis ojos. Gente que hablaba con un árbol, otros en un trance profundo, muchos, como yo, vomitando y con rostro lívido, que con el transcurrir de las horas pude recomponer. Regrese a mi casa, donde conté mi experiencia a mi esposa. Todo, de alguna manera cerraba a mis expectativas, y aunque la visión había sido extraordinariamente vívida y perturbadora, mi razón indicaba que había sido el producto del alucinógeno de la Banisteriopsis caapi que es el nombre científico del yagé, también conocido como ayahuasca, una especie botánica de liana, la bebida preparada por los indígenas en sus rituales y que el Chamán me había ofrecido, esa noche, beber. Me había informado sobre la planta. Sabía que contenía alcaloides de la clase beta-carbolina, que actuaban como inhibidores de ciertos aminoácidos y que permiten al componente psicoactivo primario Dimetiltriptamina (DMT) entrar en actividad. De tal forma, que todo estaba explicado. Al menos, eso creí en ese momento. Pasaron unos meses, y por circunstancias que no vale la pena explicar, alguien me convenció para integrarme a un dojo de artes marciales japonesas, un centro de instrucción de AIKIDO. Al principio, lo dudé, yo era ya un hombre de edad, estaba abandonando mi juventud, mi cuerpo era algo rígido y estructurado, no obstante, algo me llevó a aceptar el desafío.


Allí me encontré con el “camino de la energía y la armonía”, el “gendai budō” o arte marcial tradicional moderno del Japón, desarrollado inicialmente por el maestro Morihei Ueshiba (1883-1969), “O’Sensei, El gran maestro.” Aprendí La característica fundamental del aikido, cual es la búsqueda de la neutralización del contrario en situaciones de conflicto, dando lugar a la derrota del adversario sin dañarle, en lugar de destruirlo o humillarlo, buscando formar a sus practicantes como promotores de la paz. Conocí a mi Sensei, Clarita, una mujer que aprecie y admiré profundamente, y durante diez años, convertí mi práctica en un alegre, benéfica y renaciente motivo para enriquecer me espiritualmente y físicamente. Después de arduas prácticas, que siempre disfruté, llegó el momento de convertir mi condición de “Kyu” en el de “Dan” y, rendí el examen de Fuku Shidoin (Significa en japonés “El que comienza a aprender”) (Instructor) con el grado de 1 Dan. Esa noche, Clarita me llamó a su pequeño escritorio, contiguo al Dojo de prácticas. Tomó un libro, que más que un libro, parecía unos apuntes de hojas apaisadas. Pude leer el título, que decía “El Camino del Bushido” Extendió su mano y en ella el libro y dijo: “Este, es una copia del código moral de los Samuráis” Es, según creo, el camino que une a todos los caminos del universo por toda la eternidad, es la Mente Universal que contiene todas las cosas y unifica todas las cosas. Es la verdad enseñada por el Universo y se debe aplicar a nuestras vidas en esta Tierra. Es el principio y el camino que unen a la Humanidad con la Conciencia Universal y, llega a su término cuando cada individuo, a través de su verdadero camino, se hace uno con el Universo. Es el camino de la fuerza y la compasión que lleva a la perfección infinita para una mayor gloria de Dios. Espero que la práctica de Aikido te dé armonía tanto a tu mente como a tu cuerpo. Tomé el libro, sabiendo el valor que su contenido me significaba, agradecí a mi Sensei, que completó: “Tu esfuerzo me hizo comprender que debías leerlo, será, seguramente tu buena guía y ejemplo”


Al día siguiente, con gran ansiedad, comencé a leerlo. Hablaba, nada menos de códigos morales que juzgo universales. Hablaba sobre la Justicia o Rectitud, en ser honrado en tus tratos con todo el mundo, creer en la justicia, pero no en la que emana de los demás, sino en la tuya propia. Y del Coraje, que debía alzarte sobre las masas de gente que temen actuar, pues ocultarse como una tortuga en su caparazón no es vivir, debías tener valor heroico, aunque fuese absolutamente arriesgado y peligroso. Proponía vivir la vida de forma plena, completa, maravillosa ya que el coraje heroico no es ciego. Es inteligente y fuerte. Debía reemplazar el miedo por el respeto y la precaución. Ser y tener compasión mediante el entrenamiento intenso y la meditación, volviéndose rápido, fuerte y sabio. No ser como el resto de los hombres. Desarrollar un poder que debe ser usado en bien de todos. Ayudar a tus compañeros en cualquier oportunidad. Si la oportunidad no surge, se sale de su camino para encontrarla. Ejercitar el respeto y la cortesía, pues no hay motivos para ser crueles. No necesitas demostrar tu fuerza. Se cortés incluso con tus enemigos, sin esta muestra directa de respeto no somos mejores que los animales. La auténtica fuerza interior se vuelve evidente en tiempos de apuros. Incorpora íntimamente la honestidad y la sinceridad absoluta. Cuando dices que harás algo, es como si ya estuviera hecho. Nada en esta tierra deberá detenerte en la realización de lo que has dicho que harás. No des "tu palabra", no "prometas", decía el escrito, el simple hecho de hablar ha puesto en movimiento el acto de hacer. Hablar y hacer son la misma acción. Y la virtud más importante de todas, el Honor, comprende que sólo tienes un juez de tu propio honor, y eres tú mismo. Entonces…di vuelta la última hoja. Y allí estaba, refulgente, extraordinariamente bello, como esperando lo viese, la imagen de aquel Samurái, que aquella noche, hacía diez años, me visitara en mi noche de delirio alucinante. Ahora su imagen estaba aquí, en el libro que temblando, tenía en mis manos y que indeleble y real, guardo como un tesoro, pues fue capaz de atravesar el tiempo y mi universo conocido.